
Juan Navarro Baldeweg ya no es el arquitecto director del Teatro del Canal. Su proyecto, próximo a la finalización, deberá ser completado por alguno de sus colegas de profesión.
Al parecer, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha visto indicios de errores técnicos que son los que, supuestamente, han propiciado ciertas desviaciones sobre el presupuesto inicial, así como el incumplimiento del plazo de ejecución. Por ello ha decidido rescindir el contrato con el reconocido arquitecto.
Atrás quedan aquellos tiempos en los que desempeñaba mi labor de ingeniero por los dominios de la Presidenta, aquellos tiempos en que las desviaciones eran multimillonarias y consentidas (prácticamente obligadas) y los retrasos programados. Ahora se aboga, por lo visto, por la formalidad, y una ligera desviación, aún si ésta es ocasionada por el incumplimiento de contrato de adjudicatarios ajenos al despacho de arquitectura (contratista, subcontratistas...), es inaceptable.
La semiacabada obra podrá gustar o no, podrá ajustarse a las necesidades de la localidad o no, pero lo que sí es incuestionable es que su autor fue adjudicatario tras vencer en un concurso público en 2000, con un presupuesto que, en obras de tal magnitud, es tradicional revisar al alza.
Uno, que hay días en los que se despierta con la mente especialmente retorcida, se plantea si el asunto tendrá algo que ver con el hecho que el concurso fue ganado en 2000, fecha en la cual el presidente de la Comunidad era Ruiz Gallardón, de curiosa relación con la actual Presidenta. De ser así, ¿serían realmente justos o imparciales los concursos públicos?