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viernes, 22 de junio de 2007

Último examen

Estaba estudiando "Análisis financiero", para mi último examen. Desafortunadamente, los contratiempos acaecidos esta semana han menguado mi capacidad de estudio considerablemente. Ya fue complicado superar el examen del miércoles, para el de mañana llevaba un bagaje mínimo, necesitaba más horas.
Aún así, me ha dado por echar una ojeada a los apuntes, mientras escuchaba la radio.
Eran cosa de las 7 de la tarde cuando una voz me ha recordado que esta noche había un concierto en la ciudad, un concierto para el que quedaban casi 8.000 entradas por vender. Por un momento he pensado: "Y si...". Pero no, intentaría concentrarme un poco.
Dos horas y media más tarde lo he dado por perdido. He salido a pasear un rato, a tomar un poco ese húmedo bochorno de que goza Barcelona a esas horas. Al cruzar la calle he visto una luz, no era ninguna visión mística, era la simple bombilla de un taxi que indicaba que iba libre. Inconscientemente he alzado el brazo. Ha parado. "¿Qué haces?" me han preguntado. A lo que he respondido "¿Te apetece ir a ver a los Rolling?"
En veinte minutos estaba adquiriendo las entradas. Cinco minutos más y ocupando mi localidad cargado de un tentempié y una bebida. Finalmente acabaría bajando abajo para bailar un poco y darme un poco de "Satisfaction".

domingo, 3 de junio de 2007

La ópera

Hay ciertas semanas en el año en que el tiempo pasa de ser esa magnitud que transcurre regularmente según unas pautas establecidas (un día cada veinticuatro horas, por ejemplo) para convertirse en algo mucho más subjetivo, tal vez de comportamiento caprichoso, siendo estas semanas compuestas también por siete días, pero, sólo éstas, con siete días de difícilmente más de diez horas.
Sí, hay momentos en que el tiempo transcurre a velocidades diferentes para cada uno de nosotros, momentos fugaces para unos, eternos para otros. El tiempo estos días me hace confundir las horas con los minutos, necesito más minutos, que al menos tenga la sensación de que tengo horas suficientes para acometer todas las tareas.
Estoy tratando de redactar un trabajo sobre la ópera, breve historia y comentarios sobre las obras "Lucia di Lammermoor", "Don Carlos", "Cavalleria rusticana", "I pagliacci" i "Khovantxina", está resultando más trabajoso de lo que esperaba, por lo que necesito tiempo, y éste, se empeña en demostrarme lo rápido que es capaz de transcurrir.
Tal vez alguien tenga un truco para detener el tiempo, alguien tipo Hiro Nakamura, o, simplemente, alguien tenga ya algún comentario hecho, cualquier truco es bueno para llegar a tiempo.

viernes, 16 de marzo de 2007

Los autos locos

Este fin de semana vuelve a empezar el gran premio de fórmula 1, ese deporte que solía seguir entre un 1 y un 2% de los espectadores no hace tantos años y que ahora alcanza cifras de hasta el 40%.
Debe de ser realmente emocionante para haber podido causar tal incremento, y es que ver dar vueltas a veinte coches de los cuales, a lo sumo dos, tienen posibilidades de ganar, crea tensión. Y la tensión va en aumento cuando los coches pasan con diferencias de 30 segundos o 1 minuto entre ellos, a modo de desfile ordenado, sin adelantamientos, más que cuando paran a repostar y cambiar neumáticos (eso que yo toda la vida he llamado ruedas).Qué espectáculo, contemplar ese desfile inamovible durante 2 o 3 horas.
Al parecer hay un señor canoso, un tal Eccleston, que es quien está a cargo de la organización. Dicho caballero goza de unos ingresos de varios centenares de millones de dólares anuales. Si a ello se añaden las astrónomicas cantidades de dinero "invertidas" en desarrollo de vehículos (aduciendo que las innovaciones se acaban aplicando a los vehículos de serie) y en material de repuesto o las ingentes cantidades de CO2 emitidas durante un gran premio en pleno debate sobre calentamiento global, uno se plantea si un deporte necesita todo eso, todo eso que sí necesita tanta gente.
¿Para qué corren 20 si saben que no pueden ganar? Dicen que se juegan la vida, ¿quién es capaz de jugarse la vida cuando sabe que no hay ni la más remota posibilidad de ganar? Sólo hay una respuesta: lo hacen simplemente por dinero, y el dinero desluce el deporte.
Si se le hiciera la misma publicidad a las carreras de cerdos, con las mismas cantidades de dinero invertido en tan guarro deporte, y se añadiera el aliciente de que corriera un cerdo español, ¿alguien duda que nos convertiríamos en perfectos expertos de las cualidades del atleta cerdo ideal? Sí, el cerdo tal tiene las patas demasiado cortas, es por ello que cuando toma las curvas el ángulo que forman con el suelo no es suficientemente... Y ese merchandising, miles de personas con camisetas con la imagen de sus ídolos marranos, ondeando sus cochinas banderas...
Este fin de semana empiezan las carreras, las de coches. Yo lo tengo claro, no veo una sola hasta que no dejen participar a la infravalorada Penélope Glamour.

sábado, 17 de febrero de 2007

Dulce Pontes, "O coração tem três portas"

Anoche tuvo lugar la presentación del último trabajo de Dulce Pontes, "O coração tem três portas", en Viladecans.
Tras una humilde aparición en el escenario, la intérprete se sentó al piano, empezaba el espectáculo, "Há festa na mouraria". Piano, cello y flauta acompañaban a la perfección al instrumento que todos habíamos ido a ver: la voz de Dulce.
Era increíble ver como ya a la primera interpretación le sucedía un aluvión de aplausos interminable, ciertamente no era el único que tenía ya ganas de que llegara esa noche. Desde el centro del escenario, la protagonista agradecía la ovación, ofrecía besos y abrazos al público, pero lo hacía con un semblante emocionado, parecía efectivamente agradecida por la primera reacción de los espectadores. Me sorprendió su excelente expresividad, era capaz de interpretar una canción al borde de las lágrimas, agradecer nuestros aplausos también igual de emocionada, y pasar a continuación a brindarnos un baile y a gesticular cómplicemente con sus músicos ebria de la más absoluta alegría.
Fue una actuación extraordinaria, mis expectativas se cumplieron con creces, el directo que imaginaba no era mejor que el que pude contemplar. No entiendo el motivo de las permanentes críticas que recibe en su país, no entiendo como no todo el mundo puede caer rendido ante la potencia de su voz, ante la belleza de sus canciones. Pero es verdad que de gustos universales no puede uno entenderlo todo, y, sin duda, de política, entiende uno suficiente.
La insitencia de los aplausos finales hizo aparecer de nuevo a la cantante por partida doble. Era el momento de sus temas más conocidos, a pesar de no pertenecer al nuevo disco. El primer bis "Cançao do mar", los aplausos eran un instrumento más que sonaba espontáneamente al final de algunos adornos vocales, para acabar la velada "Lagrima", demandada por clamor popular.
Si alguien todavía no la conoce, puede intentar descubrir a Dulce Pontes a través de "Focus", un extraordinario trabajo con música de Ennio Morricone, después me contáis la experiencia.

jueves, 15 de febrero de 2007

Una noche en la ópera

Esta noche he asistido a un inesperado espectáculo. El Liceu ofrece estos días la oportunidad de disfrutar de "Don Carlos", la versión original francesa que sería posteriormente traducida al italiano y considerablemente reducida. "Don Carlos" es conocida como una "grande opéra", designio que tenían aquellas óperas de cinco actos que se representaban en la Ópera de París y su estreno en el Liceu supuso su estreno en España, sí, una obra de 1867 no se ha estrenado íntegramente en nuestro país hasta 2007.
A más de dos semanas de su estreno, no había leído ninguna crítica, conocía vagamente el argumento y no tenía ni idea de quiénes eran los intérpretes. Si diciendo eso no me he retratado todavía como un perfecto desconocedor del mundo de la ópera, añadiré que ni se me había ocurrido plantearme quién era el director de escena, inconsciente de la importancia que un factor como éste tiene hoy en día. Sin embargo, había escuchado que el Liceu suele ofrecer montajes arriesgados, ¿arriesgado tratándose de Verdi? No, esta noche no esperaba riesgo alguno.
Armado de paciencia, ocupo mi localidad, preparado para disfrutar de cinco horas de espectáculo. Y qué espectáculo, no podía imaginar nada semejante. La música, ya desde los primeros compases, es extraordinaria, llena de matices capaces de retratar a la perfección la psicología de los personajes y el ambiente en que se mueven. El director de la orquesta, Maurizio Benini, notable en su labor. Pero las sorpresas están por llegar.
La primera escena tiene lugar con el escenario vacío, tan solo una especie de gigantesco biombo blanco que lo reduce a un escenario menor en el que se distinguen puertas, muchas puertas, todo blanco. Un poco acostumbrado espectador como yo lo achaca a la necesidad de inferir una marcada frialdad a la escena, y erra, todas y cada una de las escenas se representarán igual, en un escenario vacío con ese biombo reduciéndolo, nada más (bueno, una pequeña planta que plantan al principio y una caja negra).
A nivel interpretativo, a un inexperto como yo, el tenor elegido, Franco Farina (Don Carlos), no le proporciona el grado de satisfacción necesario, no resulta poseer una de esas potencias de voz que emocionan, pero tampoco ofrece una rica matización para suplir lo primero. El resto parecen mejores, la soprano, Adrianne Pieczonka (Elizabeth), no posee una potencia deslumbrante, pero su color, su musicalidad son muy agradables y adecuadas (y no hay ningún momento de extrema dificultad), la mezzosoprano, Sonia Ganassi (Evoli), está muy bien, es un tono desagradecido, pero aprovecha sus características acertadamente, Giacomo Prestia (Felipe) es un bajo que me gusta mucho, por lo que no puedo ser objetivo, hoy también me ha gustado; Erik Halfvarson (el Inquisidor) resulta ser un bajo que destaca por sus impresionantes agudos; finalmente, Carlos Álvarez (Rodrigo) parece un barítono estupendo, y sólo me ha puesto nervioso con algunos de sus movimientos en el escenario (no tanto como Don Carlos arrastrándose y revolcándose por el suelo exageradamente y sin sentido).
Movimientos en el escenario, claro, eso tenía que ser responsabilidad del factor olvidado: el director de escena, Peter Konwitschny. Él era el responsable de un escenario tan austero, él era el responsable de los "revolcones". Minucias, su aportación estaba por venir. En el tercer acto, Konwitschny se ha cargado el ballet del original y lo ha sustituido por un particular sueño en el que hemos visto a los protagonistas disfrutando de una cena en un salón de los años cincuenta, vestidos con ropa de la década y hasta llamando para pedir una pizza al quemarse su cena original. No había un escenario en toda la representación salvo en este sueño, ha sido como un sainete, sin duda una pieza cómica introducida por el director en el seno de un enorme melodrama. Sí, me he reído, no lo he podido evitar, me hacía gracia, era como ver al Tricicle con música de Verdi. Eso sí, a la gente no parecía hacerle ninguna gracia.
No contento con esta licencia, el director nos deparaba algo todavía más sorprendente. Y es que en mitad del descanso, aparece Lloll Bertran en las pantallas que se distribuyen por todo el recinto anunciando la inminente llegada de Sus Majestades para presenciar un espectáculo piromusical (o eso he entendido yo). La gente, miraba extrañada las pantallas, indecisos de si se trataba de una broma o debían apurar sus copas de champagne en el foyer más rápido de lo esperado. A los pocos minutos, con la gente todavía repartida entre localidades (los que no se levantan en el descanso más los que vuelven en seguida), foyer (los que aprovechan para entablar conversaciones mientras degustan exclusivos licores) y entrada (los que no pueden soportar las cinco horas de espectáculo sin echar unas caladas a su cigarro), entran los Reyes, que no son otros que los actores principales en su papel, pero vestidos con modelos actuales (Felipe, por ejemplo, con un impecable smoking, Rodrigo, a su vez, de elegante frac, las mujeres... de vestido largo). El séquito lo forman algunos guardaespaldas (provistos de los pinganillos de rigor) y un aluvión de paparazzi ávidos de conseguir la mejor y más cotizada instantánea. Tras ellos, han entrado los municipales conduciendo a unos encadenados descamisados corriendo por toda la instalación.
Tratad de componer la imagen: la platea semivacía con los Reyes avanzando por el pasillo bajo la atónita mirada de algunos asistentes y los aplausos de otros, con los municipales y sus arrestados corriendo por la estancia de modo desconcertante, y en el escenario, un coro vestido también de rabiosa y elegante actualidad. La música en "on", se me olvidaba. Se trataba del auto de fe (la quema de los herejes), quién lo iba a decir, y menos cuando el colofón al acto lo ha puesto la mismísima Marylin con unos versos en su mas sensual estilo.
Sí, ese acto nos ha dejado a todos completamente K.O. La indignación ha llegado a límites peligrosos (sobretodo en los extranjeros presentes que esperaban algo más convencional). Sin duda, la magia de la ópera ha desaparecido esta noche, pero eso no implica que no hayamos asistido a un brillante espectáculo, un espectáculo que, de vez en cuando, no viene mal, da ese carácter de "viva" a la ópera clásica. Si el sueño de Evoli lo podría haber firmado El Tricicle, el auto de fe bien podría haberlo firmado "La Cubana". Confieso que los toques de genialidad de este director me han gustado, pero reconozco que convierten a una "grande opéra", una clásica ópera seria, en una ópera buffa, no sé qué le hubiera parecido esa lectura a Verdi.
Si queréis disfrutar de una ópera, andaos con cuidado, no vaya a ser que tengáis que conformaros con un gran espectáculo, como el de "Don Carlos" en el Liceu.