
Hace poco más de un mes dejé escapar la oportunidad de escribir sobre la firme propuesta del gobierno alemán de elevar la edad de jubilación hasta los 68 años. Hoy, aprovechando el adiós de Pedro Barthe (voz de las retransmisiones de los partidos de baloncesto) reprenderé el tema dándole una versión española.
Este periodista, que llegó a ostentar el cargo de responsable del área de deportes, se ha acogido al plan de regulación de empleo de la cadena a sus 52 años. A partir de ahora, recibirá, teóricamente, el 92% del salario neto que percibía, como lo harán igualmente los más de 4.000 profesionales incluidos en el ERE.
El gobierno español (sin distinción de colores) viene planteándose seriamente la posibilidad de retrasar la edad de jubilación desde hace algunos años. A su entender, las empresas están desperdiciando profesionales de contrastada experiencia cuyo know-how es sin duda capaz de contrarestar el escaso sobrecoste que supone su permanencia en plantilla.
Curiosamente, RTVE, una de las pocas empresas de titularidad pública que se mantienen en el país, hace oídos sordos de las opiniones del gobierno en ese sentido. La corporación prescinde de miles de profesionales de dilatada experiencia y, la mayoría, de contrastada profesionalidad; y lo hace a una edad alarmantemente temprana, posiblemente en el mejor momento de las carreras de muchos de ellos.
La credibilidad del ministro Solbes, o del que ocupe su lugar a continuación, al comunicar a los españoles la necesidad de aumentar la edad de jubilación para garantizar el sistema actual de pensiones puede verse seriamente dañada con este tipo de ejemplos. ¿Quién convence ahora al señor que se ha pasado la vida trabajando hasta los 65 años 10 o 12 horas diarias en una obra, bajo las inclemencias meteorológicas, bajo la supervisión de auténticos tiranos y con salarios abultados por bonificaciones extraordinarias que no se consideran como base de cotización (quedando una pensión sorprendentemente baja) a que dilate un par de años más su vida laboral?
Las empresas rejuvenecen constantemente sus plantillas, y no tan solo por cuestión de imagen, argumentan también que se trata de aumentar la productividad o simplemente de reducir costes. En un entorno liberalizado, el interés del estado por retrasar la jubilación choca frontalmente con el de las grandes empresas por disponer de plantillas jóvenes, y un intervencionismo deliberado para solventar la discrepancia sería una solución absolutamente inviable.
Con tales condiciones, de salir adelante una ley al respecto, posiblemente tan solo las empresas de reducida dimensión mantendrían en sus plantillas a sus empleados más longevos. Empresas que, si bien son en número las más abundantes en nuestro país, no lo son en absoluto en cuanto porcentajes de contratación sobre el global. Las grandes multinacionales seguirían con sus políticas de recursos humanos modernas; de no ser éstas aceptadas, trasladarse a otro país es tarea sencilla en estos tiempos.
Los entornos cambian, las políticas también deben hacerlo. Si bien hasta ahora ha bastado con las cotizaciones para pagar a los pensionistas, tal vez en un futuro deba contemplarse que deban dedicarse también otras partidas a tal efecto, en lugar de mantener un sistema que, dadas las características demográficas del país, tiene fecha de caducidad. Para ello, el Estado debe de comportarse también como una empresa, debe buscar mayor productividad, debe reducir costes, sin huir de la obligación de mantener un aceptable nivel de bienestar social.
En ningún caso debe de ser necesario disminuir las prestaciones en materia de educación o sanidad, al contrario, debe de trabajarse en su mejora. Pero hay muchas partidas presupuestarias prescindibles, cantidades insultantes malgastadas. Hay quien aboga por abandonar la televisión, por deshacerse del ejército (esta aparente locura funciona en algunos países desarrollados, incluso permitió a otros como Japón o Alemania llegar a donde hoy están); el caso es que hay posibilidades de reducir costes (sólo reduciendo las cantidades que se gastan en viajes oficiales la bolsa para pensiones tendría una buena base). Y es que si no cuidamos a nuestros trabajadores es inútil hablar de medidas para mejorar la productividad o la calidad del trabajo; sin modernización se acarrean los vicios de una infraestructura ya con demasiados parches.