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sábado, 26 de diciembre de 2009

Abstracción

Suena el concierto para piano y orquesta nº 2 de Rahmaninov mientras mi vista se clava en las gotas que golpean con fuerza el gres de la terraza hasta nublarse por completo. Immerso en un viaje sin origen ni destino, creo adivinar vagas imágenes pasadas, todas ellas inconexas, todas ellas enlazadas a través de una línea atemporal que salta de pasado a futuro y viceversa sin detenerse en el instante presente, ése en el que el sonido de la lluvia acompaña al de la música o quién sabe si es al contrario.
En ese deambular me seducen melodías y paisajes completamente desconocidos que inmediatamente se convierten en ambientes que resultan familiares. De aquí para allá y de allá para aquí, sin detenerse dos veces allá ni tampoco aquí. Subo al tren de Zhou Yu, en el que coincido con aquél niño que mentía diciendo que viajaba a menudo en tren, niño que al instante muta el rostro y me pregunta si ese tren lleva a la casa de Nematzadeh. Y quién sabe a dónde lleva ese tren...
Y el niño que decía que viajaba a menudo en tren vuelve a ver a las señoritas de las esquinas, y por esas esquinas corretea Avijit cámara en mano.
Bajo en un barrio gris en el que no tardan en darme un folleto de propaganda que tomo con mis manos arrugadas, "Siente a un pobre en su mesa", reza. Apoyo mi bastón y camino con dificultad con el mismo e indefinido rumbo que me ha llevado hasta ahí. Una niña oculta bajo un enorme sombrero mejicano me roba una sonrisa cuando pasa correteando delante mío. La sigo con la mirada hasta que se pierde entre las callejuelas.
Lanzo mi bastón y empiezo a correr, ya sin arrugas en mis manos, tras un muchacho que parece saber a dónde va. Lo persigo sin aliento por las mismas calles grises, que se tornan en tierra y más tarde en arena hasta llegar a la orilla del mar. Allí, mientras él, exultante, mira el horizonte, yo vuelvo a escuchar de fondo a Rachmaninov y a contemplar el golpeteo de la lluvia contra el gres de la terraza.

lunes, 3 de noviembre de 2008

La bolsa y el fútbol

- Qué José Antonio, ¿Hoy qué va a hacer la bolsa?¿Qué tengo que comprar?
Después de un fin de semana, uno hubiera esperado que le preguntaran qué tal le había ido, si había visto la carrera de fórmula 1, alguna burla por el tropiezo del Madrid… pero no, se encuentra con una interrogación como ésa mientras cuelga la americana.
- Mira, la bolsa es como el fútbol: todo el mundo opina y explica sus teorías y proyecciones, del mismo modo que el domingo por la tarde se cuestionan los planteamientos del entrenador y se sugiere que sería mejor una técnica 4-4-2 con el medio en rombo. Curiosamente, igual que ocurre con el fútbol, donde sólo los que se dedican a ello y algún que otro afortunado aciertan el pleno al quince, en bolsa sólo los que están muy encima de ello y algún que otro aficionado, tienen opciones de llevarse el gato al agua.
Dicho esto, si quieres la opinión de un aficionado al que sólo le ha tocado la quiniela alguna vez y siempre el menor premio…

miércoles, 8 de octubre de 2008

En la niebla

La mirada se pierde entre la niebla que inunda el cuarto. El agua, cada vez más caliente, sigue cayendo sobre los hombros liberándolos de la carga que estos días no hacen más que acumular. No hay música, sólo el sonido del agua, sólo la cortina de niebla que su temperatura y el ambiente provocan.
Por unos instantes pierdo de vista lo que hay más allá de esa niebla. Por unos instantes me olvido del hecho de estar viviendo un momento histórico. Me olvido de que estos días pasarán a formar parte de capítulos enteros de libros de texto. Cerrando los ojos es fácil trasladarse a aquel pequeño cuarto de baño, en invierno, de aquella ciudad donde también gobernaba la niebla.
Enciendo el secador y desentelo el espejo. El niño que me observa en él no cesa de sonreír. Tras la niebla creo adivinar otra sonrisa. Y, de nuevo en el espejo, el niño, ya hombre, vuelve a sonreír.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Tormenta de otoño

Conduzco bajo una inquietante tormenta hacia el aeropuerto de Granada. La lluvia cae con tal intensidad y fuerza que algunos conductores optan por detenerse en el arcén. Otros, conectan la señal de intermitencia y avanzan a penas a 50 km/h por la autopista. Inconscientemente, los voy dejando a todos atrás mientras la tormenta parece arreciar aún más.
A mi izquierda, en sentido contrario, un Peugeot se ha chocado contra la bionda central y ha quedado seriamente dañado. Una patrulla de la Guardia Civil ha acudido a socorrerlo. Más a la izquierda aún veo lo que parece el ojo de la tormenta. El golpeo de las gotas de agua contra el parabrisas es cada vez más fuerte, el ruido que provocan resulta hipnótico. Los limpiaparabrisas, pese al esfuerzo, parecen vencidos.
Tomo el volante con ambas manos. Me concentro en los escasos puntos de referencia que aún consigo ver. Y avanzo. Avanzo a través de la primera tormenta de otoño, que, sin duda, no será la última.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Lastminute.jal (II)

Sábado, 6 de septiembre, 5:14 p.m.
- ¿Ana?
- Sí, soy yo.
- Hola, mira, llamaba por el anuncio en...
- ¿De las entradas?
- Sí. ¿Todavía las tienes?
- Sí, sí. ¿Te interesan?
(...)
Sábado, 6 de septiembre, 9:30 p.m.
Coldplay, Viva la vida Tour

lunes, 1 de septiembre de 2008

Empieza la cuesta

Vuelta de vacaciones y, sin dejar tiempo para enjugarse la lagrimilla que la este año poco propagandeada depresión post-vacacional hace surgir, momento para afrontar importantes cambios.
Ya en casa, tras un día cargado de novedades, y antes incluso de desempolvar la elíptica para relajarse haciendo deporte, momento de escuchar un tema que por más que lo escuche no deja de emocionarme.

The Story of the Calender Prince - Rimsky Korsakov

viernes, 6 de junio de 2008

Off

Llueve. Por unos instantes quedo imnotizado por las gotas que golpean con fuerza el cristal del salón. Fuera hay quien corre en busca de cobijo, quien ve como su paraguas queda inservible tras un inesperado golpe de aire, quien permanece expectante en el portal de enfrente a la espera de una tregua.
La calle es especialmente gris. El tráfico, como es habitual en los días de lluvia de Barcelona, se torna impaciente, los vehículos se multiplican y las bocinas entablan una discusión. Me despojo de la corbata y conecto el equipo de música.
Cesan las bocinas. Cesa el ruido de las gotas contra el cristal. Philip Glass, que inunda la sala, empieza a dotar de matices el gris del exterior, hasta que, a ritmo minimalista, se iluminan las farolas y el cielo se apaga definitivamente.
Por fin ha acabado la semana.

martes, 27 de mayo de 2008

¿Cluasán? No, cluasán no

Confirmadas las sospechas. Si hace unos días un muchacho oriental hacía sus pinitos tras la barra del "Grana y Oro", hecho que podría haber sido considerado como ampliación de personal de no ser porque con el dueño y la ayuda circunstancial de su padre se bastaban y se sobraban, hoy, tras la barra del ex-penúltimo bar tradicional del barrio de la oficina, nos esperaban con una sonrisa papá chino, mamá china y el experimentado chinito hijo.
Ahora que ya no era necesario pedir nada, que mi café con leche y croissant estaban preparados cada día a la misma hora, hoy, como ya ocurrió con "El Gallego" o con "El Asturiano" (ambos con otros nombres pero conocidos así), he vuelto a oír la misma respuesta:
- Café con leche y croissant.
- ¿Cluasán? No, cluasán no.

viernes, 16 de mayo de 2008

Vendedores

6.15 a.m. Llego al aeropuerto con tiempo para parar a tomar mi desayuno habitual en la cafetería habitual. Tomo asiento y, al instante, una camarera viene a tomarme nota.
- Café con leche y croissant, por favor.
- Muy bien. - y añade como si no hubiera acabado mi pedido: - ¿Zumo de naranja, o prefiere agua?
Por unos momentos quedo pensativo, como si no estuviera seguro de pedir también el apetecible zumo de naranja recién exprimido.
- No, es suficiente con lo otro, gracias.
Una pregunta tan sencilla, natural y, aparentemente, inocente, hubiera doblado la venta de haber obtenido una respuesta afirmativa, lo que, desde mi punto de vista, la convierte en una magnífica técnica de ventas para cualquier camarera/o.
Cuando me he levantado y me he dispuesto a dirigirme a mi puerta de embarque me ha venido a la cabeza una anécdota relacionada. Una vendedora de artículos Montblanc, en ocasión de una venta de una pluma de serie limitada cuyo precio ascendía a casi 15.000 euros, y ya habiendo convencido a su cliente de las genialidades de tan valioso género, dijo:
- Así, ¿le gusta?
- Sí, es extraordinaria.
- Verá que es una gran elección. ¿Cuántas quiere?
A lo que el cliente, seguramente sorprendido por la pregunta, no pudo responder otra cosa que:
- Dos.

domingo, 27 de abril de 2008

Sant Jordi

22.30, salgo de la oficina hacia una de esas floristerías abiertas 24 horas, la única, de hecho, que en Barcelona tiene ese horario. Al llegar, una cola de hombres todavía trajeados me hace sentir que no soy, ni mucho menos, el único qu se encuentra en esa situación.
Como si estuviéramos sobre la cinta de una cadena de montaje, vamos avanzando poco a poco, y, ya ensamblados, salimos por la floreada puerta, todos vestidos igual, todos con el mismo ramo de rosas.
Al llegar a casa, me esperará mi particular ramo de libros: "Los crímenes del amor", "El retrato de Dorian Gray", "Historia de la fealdad" y "Sauce ciego, mujer dormida".

lunes, 7 de abril de 2008

¡Anda, el blog!

Como si de un dulce desayuno se tratara, hoy me he llevado las manos a la cabeza exclamando: "¡Ahí va, el blog!" Y es que ya ha transcurrido casi un mes desde la última actualización.
Si bien Semana Santa estuvo por medio, con unos días en los que puse en práctica mi nula técnica como esquiador de la que guardo todavía como recuerdo una leve cojera, es demasiado tiempo como para poder justificarlo. Uno, ya lo véis, es un poco dejado, a veces.
Aquí estamos de nuevo, esta semana... un par de entradillas

martes, 11 de marzo de 2008

Paradojas de la radio

En el portal de un viejo edificio de una apartada calle me confirman que sí, que en la séptima planta hay una radio. Entro contrariado, esperaba un gran cartel, un letrero luminoso, un moderno hall con guardia de seguridad y cámaras de vigilancia, me encuentro sin embargo con una entrada que bien podría ser la de cualquier edificio de viviendas de los años 70, un corredor con sobrias paredes pintadas de blanco ensuciadas por el tiempo, una sedienta planta en el rincón y, a la derecha, un amenazador ascensor que anuncia su llegada con un gran estruendo. Ya en la séptima planta, veo un rótulo en la puerta que efectivamente reza el nombre de la emisora.
Son las ocho de la tarde, las luces están apagadas y no se ve nadie en el mostrador. No pierdo tiempo en buscar un timbre, empujo suavemente la puerta por si la encuentro abierta. Efectivamente, puedo entrar en la oscura y descuidada recepción.
Tras breves segundos pensando si continúo avanzando por la aparentemente abandonada emisora veo que, al fondo, hay una luz encendida. Me dirijo a ella cruzando un par de puertas más.
Tras un cristal, puedo ver a la única persona que sigue trabajando. Un locutor que aparenta rondar los sesenta años que sostiene apesadumbradamente su cabeza con una mano mientras con la otra mueve alguno de los controles que tiene ante sí. Busco con mi mirada alguna luz roja encendida, a poder ser, como en las películas, con las letras "on air". No la encuentro, pero, definitivamente, el locutor, que todavía no se ha percatado de que alguien ha entrado y lo está observando, está en el aire.
Por unos momentos me pregunto cuántas personas pueden estar escuchando ese programa, si habrá alguien que sintonice el programa de un locutor desconocido, en una emisora desconocida que se encuentra a las afueras de Barcelona. Inmerso en la penumbra de la sala me inunda un sentimiento de soledad que, de ser yo quien condujera la emisión, me obligaría a apagar resignado la única luz encendida de la oficina e irme a mi casa apesadumbrado por el aparente fracaso.
Paradójicamente, traigo un obsequio para este locutor, un presente de parte de una de sus oyentes y admiradoras. Paradójicamente el presente que le entrego y mi ropia presencia, alegran al solitario locutor, del mismo modo que él, desde su soledad, está alegrando a miles de oyentes con su programa.

lunes, 10 de marzo de 2008

Mañana de elecciones

Sin mochila, sin desayuno, sin haber hecho los deberes, sin llevar un solo cromo que poder intercambiar, sin las canicas, sin la bata, sin las deportivas, sin rodilleras, sin la abuela agarrando mi mano. Aparco el coche enfrente de la puerta; zapatos negros, tejano, jersey de cuello alto negro y abrigo largo gris. Guardo las gafas de sol en un bolsillo e intento descubrir a algún conocido, alguno de esos amigos que solía encontrarme los primeros días de escuela.
A diferencia de antaño, la multitud que se acumula a las puertas del colegio, hoy llamado electoral, carece de la emoción del primer día, nadie busca su "muy mejor amigo" al que hace cuatro años que no ve, nadie saca su recién regalado "Gijoe" para alardear ante el resto. Se limitan a un automático gesto de revisar las listas y corroborar que aparecen en ellas para, entonces, entrar directamente, sí,directamente, nadie siente la nostalgia de entrar sólo después de escuchar "el timbre".
Entro sin más, cojo una papeleta cualquiera, la introduzco en un sobre y, así, a la mesa A, en la que hay una urna donde, sin necesidad de sello, puedo echarlo con la seguridad de que llegará a destino hoy mismo.
Ir a votar ya no va acompañado de la ilusión de que puedan ganar o no los míos, ir a votar ya no va acompañado de un sentimiento de duda por si estaré o no apoyando al partido correcto, ir a votar ya no va acompañado de aquel otro sentimiento de orgullo por ser ya mayor. Ir a votar es ahora un pretexto para volver a la escuela del barrio que me vio crecer. Ir a votar es ahora un pretexto para charlar con los vecinos con los que hace ya años que no convivo. Ir a votar es ahora un pretexto para salir a tomar el aperitivo con los míos mientras, en lugar de conjeturar sobre los hipotéticos resultados, conversamos sobre nuestras vidas cotidianas, sobre esos aspectos rutinarios olvidados por aquéllos a los que, minutos antes, hemos dado nuestro apoyo en forma de voto.

domingo, 24 de febrero de 2008

Viviendas y patatas

A mediados del siglo XIX Irlanda sufrió una galopante crisis que sumió al país en la más absoluta miseria. En ella radica la razón por la que miles de irlandeses dejaron el país y se establecieron en diferentes rincones del mundo. Fueron un millón los que decidieron emigrar y un millón más los que perecieron debido a la hambruna.
Por aquel entonces, la población tenía como elemento principal de su nutrición la patata, y una plaga que afectó al tubérculo provocó que los irlandeses vieran desaparecer su principal sustento. La patata empezó a escasear, y su precio a subir. Lo curioso del asunto es que, cuanto más subía el precio de la patata, más lo hacía su demanda, dicho de otro modo, la elasticidad precio de la demanda era positiva.
Los economistas tomaron esta situación como ejemplo para definir los denominados bienes Giffen, caracterizados porque su demanda sube al aumentar el precio, bienes que a muchos les cuesta creer que puedan darse en la realidad y los consideran meramente teóricos.
Hoy, tomando una deliciosa Murphy’s, he recordado la llamada “Crisis de la patata” irlandesa. Durante centésimas de segundo mis ojos se han dirigido hacia un cartel que había sobre un balcón de la cera de enfrente que rezaba “en venta”. Habrá sido obra del subconsciente, ya que durante el siguiente trago me he preguntado: “¿Por qué aumenta en los españoles ese sentimiento de necesidad de comprar una vivienda cuando los precios se incrementan de un modo tan desproporcionado y antinatural?”
Uno no es dado a la bebida, será por eso que le bastan un par de stouts para llegar a ser capaz de mezclar viviendas y patatas.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Conductor suicida

- ¿De qué color estaba el semáforo? - me pregunta un agente tras haberme hecho detener a base de señas con el brazo y pitidos con su silbato, y haberme obligado a realizar una maniobra prohibida para aparcar en el lugar indicado.
- En ámbar.
- ¡Ah! ¡En ámbar! ¿Seguro?
- Sí, agente.
- Muéstreme los papeles del coche y su permiso de conducir. ¿Ud. no sabe que cuando el semáforo está en ámbar hay que detenerse?
- Sí, agente, pero, dadas las circunstancias, si intentaba detenerme en los escasos cinco metros que me quedaban corría el peligro de ser embestido por el vehículo que ha empezado a acelerar tras de mí.
- Ya, ya. Entiendo que me responda eso, pero si no se ha parado entonces, debería haberse parado justo después del paso de peatones, tal y como dice el código.
- Lo hubiera hecho sin duda si hubiera un cruce, agente, pero ese semáforo es sólo para permitir el paso de peatones, aquí no hay ningún cruce y, como deberá comprender, es absurdo detenerse si ya se ha superado el paso de peatones.
- Sí, sí, pero el código es el que es.
Minutos después el guardia urbano detenía la circulación en un tramo de la avenida Diagonal para que yo pudiera volver a realizar una maniobra prohibida y seguir así mi camino. En el asiento del copiloto una boquilla de control de acoholemnia usada y el recibo de una multa, mi primera multa.
A escasos metros del lugar del crimen, un semáforo se ha puesto en ámbar, mi pie ha pisado el pedal del freno instintivamente, tras de mí un todoterreno ha chirriado al no esperar mi frenada, por el carril de mi derecha, con el semáforo ya en rojo, he sido adelantado por un motorista, un motorista de la guardia urbana que, muy probablemente, era el mismo que me había multado segundos antes.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Primer año

Hace hoy un año salía de la presentación del último libro de Nick Hornby y subía en mi malograda bicicleta con la intención de iniciar una breve aventura en la red a través de aquella desconocida, por entonces, herramienta llamada blog.
Un año más tarde, el joven espacio Fading sigue en marcha; es cierto que no tan activo como en sus inicios, pero, en cualquier caso, sí más de lo que se preveía. En términos de marketing, debo admitir que esta página no daría para mucho, tal vez me permitiera alimentarme de un par de vasos de agua corriente al día, pues no encontraría anunciante que pagara por llegar a escasas decenas de lectores. Sin embargo, de entre las 159 entradas, alguna me ha gustado, y con eso ya tengo, por lo menos, una persona satisfecha.
Doy las gracias a todos aquellos que de vez en cuando echáis un vistazo a la página, y las muchas gracias a los que incluso pierden un minuto en dejar un comentario. Seguid teniendo paciencia, Fading seguirá vivo todavía un tiempo.

sábado, 17 de noviembre de 2007

La gitana

- ¡Chico! ¡Ven! Mírame a los ojos. ¡Eh!

La bruja de Blancanieves se había fijado en mí para lanzar uno de sus conjuros. Una anciana gitana sentada sobre una silla de madera en plena calle sosteniendo unos pequeños muñecos de trapo, me había elegido para augurarme una vida plagada de dicha, o desdicha, dependiendo de la propina.

- ¡Te vas a acordar de esta gitana! ¡Esta gitana sabe muchas cosas! ¡Mírame a los ojos!

La previsile amenaza del mal de ojo empañaba parte del encanto que tiene el habitual paseo del sábado por la mañana. La ronca voz de la anciana empezaba poco a poco a abrirse camino en mi mente, venciendo la resistencia de mi razón. Los siguientes gritos han acabado finalmente de afianzar la derrota del entendimiento, una vez más se ha impuesto el "por si a caso".
En unos minutos, ya alejados de la peculiar bruja, una voz esta vez dulce y suave me decía mientras apretaba mi mano con fuerza:

- Uf, qué miedo, yo ya creía que nos iba a echar mal de ojo.

Y ha continuado mi paseo del sábado por la mañana, con la sonrisa recuperada y... con un par de muñecos de trapo tremendamente caros en el bolsillo.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Echo de menos...

Hoy he recibido un curioso correo electrónico de un amigo. Un mensaje escueto que rezaba simplemente: "Jose, echo de menos a Jal.".
Contrariado, en un primer momento no sabía si sentirme halagado porque alguien echara de menos las actualizaciones o, por el contrario, ofendido por el desdoblamiento de personalidad que se me ha imputado.
Estoy en pleno proceso de readaptación tras retomar la vida profesional después de un descanso en las aulas. Pasados a penas tres días todavía necesito aclimatarme a los nuevos horarios, y buscar huecos para mantener ciertas aficiones. Sin duda, no tardaré en habituarme a la nueva rutina y, entonces, estas entradas volverán a formar parte de ella.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Corral de muertos

No ha resultado sencillo encontrar aparcamiento. Cualquier otro miércoles ello no hubiera supuesto a penas más que escasos segundos. Cualquier otro miércoles hubiera recorrido a solas las lúgubres calles. Hoy no era un miércoles cualquiera. Hoy se podían escuchar algunas de las miles de historias que otros días tan solo pueden intuirse. Miles de historias, una por cada nicho, contadas entre sonrisas, entre lágrimas, entre sollozos; anécdotas graciosas fruto del recuerdo, magnas desgracias, finales esperados, algunos incluso deseados, todo tiene aquí lugar.
Hoy se llena de color lo que en otros días no es más que triste gris. Hoy se llena de vida lo que habitualmente llena tan solo la muerte. Llámese negocio, llámese cura de remordimiento, llámese pequeño homenaje, también para todo ello hay hoy lugar.
Mientras cruzo la puerta, me vienen a la memoria unos versos de Unamuno aprendidos en un día como hoy hace ya catorce años:
Corral de muertos, entre pobres tapias,
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Y observo a la gente que se agolpa a mi alrededor, sus sonrisas, sus lágrimas, su indiferencia; y observo mi ramo, de la vida también privado; y hasta creo poder observarlos a ellos, con sus eternas sonrisas. Y cuento los pasos que me llevan a donde ellos descansan, y compruebo que, año tras año, el paseo ... es mayor.

domingo, 28 de octubre de 2007

Café con leche

- Un café con leche y un croissant, por favor.

Sin mediar palabra, el caballero de mediana estatura que hace varios años dejó de practicar deporte de forma regular, seguramente desde el momento que empezó a descubrir que su pelo empezaba a abandonar aquellas zonas de su cabeza que antaño lo habían hecho parecer hasta interesante, saca un croissant del mostrador y se dirige a la máquina de café. En pocos segundos está de vuelta y deja caer el pedido ante mí.
No ha sido un gran comienzo, pero, pese a las sensaciones, no va a tratarse de un principio y final. En unas semanas, el señor calvo de la prominente barriga tendrá un nombre y poco después, hasta una sonrisa para mí.