martes, 23 de enero de 2007

El "balneario" de Marina d'Or

Tras varios meses durante los cuales la guapa Anne Igartiburu ha estado repitiendo las maravillas de Marina d'Or en cada corte publicitario, un concepto ha quedado claro: en marina d'Or se encuentra el balneario de agua marina más grande de Europa.
La campaña ha sido, sin duda, una de las más agresivas que se han llevado a cabo en este país, bombardeando al consumidor hasta convencerlo de la necesidad de hacerse con una de esas últimas viviendas que llevan más de un año agotándose. Ello conlleva una inversión de una desorbitada cantidad de dinero para cualquier empresa, pero se conoce que los ladrilleros, si algo tienen, es dinero.
La sorprendente empresa, preparándose para emprender la aventura de construir una nueva ciudad de vacaciones en China y considerando su entrada en bolsa para acometer su nuevo gran proyecto Marina d'Or Golf, ha visto cómo uno de sus estandartes, el susodicho balneario, corre peligro. El motivo no es debido a la mala calidad de los materiales o la mala supervisión por parte de la dirección de obra (de lo que, supuestamente, sí adolecen algunas de las viviendas comercializadas), sino de la propia denominación de balneario. Y es que las Cortes Valencianas están debatiendo una ley por la que sólo podrían denominarse como balnearios aquellos establecimientos de aguas minero-medicinales (y no, como hasta ahora, también aquéllos que utilizan el agua del mar con fines terapéuticos).
Uno puede tener la idea de que el macroproyecto es un desastre ecológico, un despropósito urbanístico, una máquina de hacer dinero a corto plazo sin pensar en las posibles consecuencias futuras (y no quiero olvidar a aquéllos que, en su derecho, consideran que realmente se trata de una ciudad ideal para pasar unas vacaciones en familia). Pero es incomprensible que con la cantidad de bolsas de basura que, supuestamente, circulan hoy en día por nuestro país, no haya habido alguna, o suficientes, que fueran, supuestamente, entregadas a los que hoy proponen la nueva ley. Imagino que alguien debe estar ya, supuestamente, llenando una de esas bolsas para, supuestamente, entregarla a alguno de los promotores de la ley y mantener así su construcción con la denominación inicial.
Espero que así sea, no soportaría contemplar de nuevo a la buena de Anne ensalzando las propiedades del "Centro-Spa de agua marina más grande de Europa".
Por cierto, en Cantabria rige una ley similar a la que se pretende aprovar en la Comunidad Valenciana.

lunes, 22 de enero de 2007

Los bocetos de Dios

De vuelta a casa, hay días que paso por delante de una curiosa tienda, en cuyo escaparate se muestra, como producto estrella, una colección de fósiles.
Siempre suele detenerse alguien para contemplar las formas incrustadas y tratar de asociarlas a algún ser conocido. A veces son abuelos explicándoles a sus nietos el origen de tan particular artículo.
Confieso no ser un amante de la arqueología, por lo que me atrae la curiosa explicación del estafado Johann Beringer, profesor de una facultad de medicina en el siglo XVIII, quien llegó a sostener que los fósiles no eran más que bocetos manufacturados por Dios mientras trataba de explorar las distintas especies de seres que podía incluir en su gran obra: la Creación.

sábado, 20 de enero de 2007

Otro adiós inesperado (II)

Llegas a casa con retraso, cierras la puerta tras de ti y observas cómo tu pulgar izquierdo no se resigna a buscar el timbre con que cada día anuncia tu llegada. Se detiene, toma consciencia de la pérdida. Lo distraes alzando la muñeca para volver a mirar el reloj. Haberte detenido en la comisaría de la estación no va a hacer más que impedirte quedarte a comer. Corres a la habitación a cambiarte, a enfundarte la ropa deportiva y correr hacia el servicio de deportes, tan sólo te quedan un par de sesiones para completar la cuartilla.
Ya en la pista, te despojas del chándal, es el momento de vaciar tu mente, ya habrá tiempo de volver a llenarla de los pensamientos que la han ido colmando durante la mañana. Ahora tan sólo corre, golpea, olvida.
Al cabo de una hora sales del recinto, no lejos de él hay una parada de autobús, decides esperar. Los minutos se suceden, el aire golpea tu cuello cada vez con más insistencia. No te impacientas, el hacerlo no suele alimentar la prisa del conductor que te ha de recoger. Tras más de veinte minutos de espera llega tu autobús, extiendes tu brazo en señal de llamada. Para unos metros más allá de la parada, al subir compruebas que es un conductor novel, lo saludas con una sonrisa y te diriges a la parte trasera.
Tras el cristal vas viendo cómo los edificios crecen poco a poco, cómo empiezan a verse los primeros transeúntes, cómo la ciudad empieza a ser ciudad. Estudiantes visiblemente cansados se confinan a las puertas de la biblioteca, más adelante turistas con ropa estival esperan su particular autobús descubieto, unos metros más allá, empiezan las oficinas, con sus puertas flanqueadas por varios empleados que aprovechan el último cigarro de la tarde para acortar su jornada.
Llegas a tu destino, una calle más abajo está la comisaría de la policía autonómica a la que te han remitido esta mañana. Nunca habías venido anteriormente, te asombran las dimensiones del edificio. Doblas la esquina (el edificio ocupa toda una isla), ves algo que te sorprende: guardando la entrada del parking (allí donde supones que tienen aparcados los coches patrulla, las furgonetas y las motos del cuerpo) se encuentra un vigilante de seguridad de una empresa privada, Prosegur. Piensas en la paradoja que supone que un cuerpo de seguridad público acuda a la contratación de un cuerpo de seguridad privado.
Una vez dentro te diriges a una ventanilla, que se cierra justo cuando quieres empezar a hablar. Vas entonces a la ventanilla contigua. El agente que debe atenderte parece muy ocupado, tal vez la dificultad que muestra al utilizar el teclado le hace tener que dedicar un tiempo del que no dispone a la cumplimentación de sus sencillos formularios. Tras intercambiar unas palabras con el agente que instantes antes ha preferido no atenderte te mira, supones que se trata de un sucedáneo al saludo y a preguntar el motivo de tu visita. Saludas, expones tu caso. Se indigna, pero no comparte tu misma indignación, la suya se debe a conocer que sus colegas de la comisaría a la que te dirigiste esta mañana te han remitido a él en lugar de tramitarte ellos mismos la denuncia. Desaparece unos minutos para transmitir sus quejas. Mientras, escuchas el relato de el chico que acaba de llegar, al parecer le han atracado a las puertas de la biblioteca de la facultad, sustrayéndole la americana con la cartera dentro.
Tras unos minutos, entregas tu DNI y un par de documentos adicionales que has traído. Se dispone a cumplimentar un formulario online. El desorden de las teclas parece desconcertarle, haces un comentario para tratar de crear un ambiente amistoso. Deja de mirar a la pantalla, ha resultado que tu comentario le ha sentado bien, empieza a explicarte las dificultades por las que pasa el personal de esa comisaría, las habladurías que le han llevado a tomar sus conclusiones, y a conjeturar las respuestas a los acontecimientos que se suceden en el seno de su demarcación o zona. Acaba criticando la Administración en general, empleando un vocabulario para denominarla que no hubieras esperado jamás oír de boca de un agente.
Tras su desahogo, vuelve al formulario. Te pregunta el nombre de tu padre, su localidad de nacimiento. No te pregunta por tu bicicleta. Al parecer hay en la ciudad alguien con tu mismo nombre y apellidos, piensas en "El hombre duplicado", de Saramago, aunque sabes de las distancias. Te extiende unas hojas requiriendo tu firma en cada una de ellas, las firmas. El proceso ha acabado.
Te despides con una sonrisa. Eres consciente de la inutilidad de la denuncia que llevas en la mano, pero crees que era necesaria, que es necesario engrosar las estadísticas para que en un futuro mejoren algunos aspectos. Mientras te alejas piensas en la manifiesta dificultad del agente para hablar catalán que te ha hecho decidirte por hablarle en castellano para fomentar su comodidad, piensas en el vigilante de Prosegur, piensas en las palabras del agente "p... Administración", no piensas en tu bicicleta.

jueves, 18 de enero de 2007

Otro adiós inesperado

Como de costumbre, aparco mi bicicleta en la zona habilitada para tal efecto. La competición que mantengo con el tiempo ha caído hoy de mi lado, aún quedan quince minutos para averiguar en qué aula tiene lugar mi examen y ocupar mi sitio.
Acabo el examen. Miro el reloj. Perfecto, tengo tiempo sufuficiente de ir a casa, comer rápido, cambiarme y volver a salir hacia el servicio de deportes de la Universidad. Salgo corriendo, hoy no puedo coger ningún periódico, no llevo la habitual mochila, y necesito las manos para agarrar el manillar.
Llegando al aparcamiento de bicicletas ya me empiezo a temer lo peor, no veo ningún sillín sobresalir por encima del resto, ni me destella el verde de la cadena que lo asegura. Preparado para el desenlace, me aproximo. En efecto, ni rastro de ella. Sin detenerme, devuelvo a mi bolsillo las llaves con que pretendía abrir el candado. Sigo sin echar la vista atrás hasta la boca de metro más cercana, tal vez invadido por un sentimiento similar al de cuando tropiezas y quieres hacerte creer, siguiendo como si nada, que nadie ha contemplado tu traspiés. Temía este momento desde setiembre, cuando la adquirí, pero el transcurso de los meses había hecho desvanecerse mis temores.
Sentado en el andén, echo de menos el libro que solía llevar siempre encima cuando era usuario habitual del transporte público. Miro a mi alrededor, cuánto ha cambiado la estación en tan poco tiempo, las obras de hace unos meses están acabadas, incluso las tiendas no eran las mismas. Mis compañeros de viaje van todos ataviados con auriculares, aislados de cuánto sucede a su alrededor, sus auriculares indican el modelo y calidad de sus reproductores, ya no es necesario mirar los zapatos.
Llega el tren. Olvidando que hay que apretar el botón para que se abran las puertas quedo inmóbil esperando ante ellas que lo hagan por sí mismas. A mi lado un chico, absorto en la audición de sus temas favoritos, se impacienta. Acaba apretando él el botón y mirándome con desprecio; le dedico una mirada de inocencia y trato de sonreírle, pero ya ha desaparecido en el vagón, mejor, no me gusta Maná.
Entro al vagón, el viaje no lo ameniza ningún músico, tal vez es resultado de la ordenanza municipal que entró en vigor hace un par de meses, o tal vez casualidad. Observo los ojos de mis compañeros, se incomodan, acabo mirando al suelo, resignado, como uno más. De haber alguien con mis aficiones en el vagón, me habrá mirado pensando "A ese chico le acaban de robar la bicicleta y a tomado el metro por primera vez en mucho tiempo experimentando los mismos sentimientos que cuando lo hizo por primera vez hace unos años, al llegar desorientado a esta ciudad, dejando atrás su "Comarca" particular".
Llego a destino, subiendo las escaleras que desembocan en la calle miro el reloj, sonrío, en la competición que mantengo con el tiempo, éste me ha aventajado holgadamente. No me gusta competir sabiéndome seguro perdedor, voy a necesita una nueva bicicleta.

martes, 16 de enero de 2007

Para ser Presidente

Dice Mariano Rajoy en Onda Cero, entrevistado por Carlos Herrera: "para ser presidente del Gobierno deberían exigir algo más que ser mayor de 18 años y ser español".
Evidentemente, Sr. Rajoy, para ser presidente se exige obtener la mayoría de los votos en unas elecciones o tener el respaldo de la mayoría del Parlamento.